viernes, 29 de mayo de 2015

Agnes Martin, más allá del campo de color

Gratitude (2001), de la pintora canadiense Agnes Martin.

   Inauguramos espacio de difusión, consenso y opinión y no encontramos mejor manera que recordando una maravillosa artista que pudimos ver en nuestra última visita guiada a la exposición "FUEGO BLANCO" del Museo Reina Sofía.
Se trata de la artista canadiense Agnes Martin, una artista no tan popular al público en geneal; lo cual nos lleva a hacerle una mención especial y recuerdo a su genial obra. 

   En Nueva York durante los años cincuenta y sesenta, Martin formaba parte de una pequeña comunidad de artistas brillantes -con Jasper Johns, Ellsworth Kelly y Robert Rauschenberg entre otros- que vivían en almacenes del siglo XIX abandonados y en ruinas de empresas navieras en el bajo Manhattan y crearon un nuevo arte estadounidense de posguerra.
Agnes Berenice Martin nació en Macklin, Saskatchewan, Canadá, el 22 de marzo de 1912, descendiente de pioneros presbiterianos escoceses. Desde muy pronto sintió un gran interés por el arte, pero optó por la seguridad económica de la enseñanza, y en los años cuarenta se trasladó a Nueva York para estudiar enseñanza de las artes en la escuela de Magisterio de la Universidad de Columbia. Estando allí tomó contacto con el expresionismo abstracto, el estilo moderno con el que ella sintonizaba mejor. Se la puede considerar como la última de la generación de expresionistas abstractos.

   La representante de obras de arte Betty Parsons la vio e invitó a unirse a su equipo de Nueva York, que incluía a Ad Reinhardt y a artistas más jóvenes. La única condición era que Martin tenía que volver a Nueva York y establecer así su centro de creación en la ciudad. 
Volvió en 1957 uniéndose a Ellsworth Kelly, Robert Indiana, Lenore Tawney y otros artistas en Coenties Slip, cerca de Wall Street. Durante la década que pasó allí, desarrolló un estilo completamente abstracto basado en tramas espesas y trazos lineales repetitivos. Después se fue de Nueva York. La renovación urbana estaba a punto de modificar el vecindario. El competitivo mundillo artístico la hacía sentir incómoda. Martin, que tenía un historial de crisis psicológicas, dijo elípticamente: "Llegué a un punto en que reconocí que tenía que resolver mi confusión".

   Pero Martin era una persona esencialmente solitaria. En 1967, cuando su carrera en Nueva York estaba empezando a despegar, abandonó de pronto la ciudad, deambuló por el país durante meses en una caravana y dejó de pintar durante siete años. Al final se estableció en Nuevo México, y construyó una casa de adobe con sus propias manos en una remota altiplanicie donde en invierno estaba bloqueada por la nieve durante semanas. Cuando volvió a pintar en 1974 su fama aumentó y adquirió un aura de leyenda, y su obra pasó a formar parte de muchas colecciones. Se convirtió en una inspiración para artistas más jóvenes como Eva Hesse o Ellen Gallagher, que se sentían atraídas por su arte poco expresivo pero intensamente personal.

   Cuando volvió de nuevo a pintar en 1974, trabajó constantemente hasta el final de su vida, en un formato que no cambiaba casi nunca: lienzos cuadrados de 1,80 metros de lado en los que pintaba líneas horizontales a lápiz y pintaba bandas de color con pinceladas sutilmente vigorosas. Cambió de paleta de una serie a otra, usando tonos pálidos un año, y negro, blanco o gris el siguiente. Una de las pocas concesiones que hizo a la edad fue reducir el tamaño de sus lienzos para poder seguir moviéndolos ella sola.

Agnes Martin en su estudio 

No destacaba únicamente por su pintura, sino que también era considerada una gran pensadora. Sus textos siempre relacionados y complementarios a su trabajo hacían que todo el conjunto tomara un gran sentido global. De este modo, Martin dio conferencias periódicamente, ofreciendo sus pensamientos sobre el arte y la vida en una serie de afirmaciones epigramáticas que combinaban la poesía victoriana, la filosofía budista, el trascendentalismo, el pensamiento positivo de estilo estadounidense y la literatura inspiradora de su juventud. Las conferencias se reunieron en un libro en 1992 denominado "Writings".
Todo su trabajo es contundente y seguro. El valor del arte, desde su punto de vista, residía en la capacidad para contrarrestar pensamientos y emociones negativos, promover la calma psíquica sobre el caos y establecer la estabilidad en un mundo de cambios impredecibles y potencialmente demoledores. "El valor del arte está en el espectador", dijo en una entrevista a The New York Times, algo difícil de entender aún hoy en día pero que a buen seguro nos sirve para poder comprender un poco más su modo de trabajo y sobre todo, qué pretendían trasmitir los artistas de este movimiento. 


Fuente:  El País 


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